
Las cárceles argentinas hace tiempo dejaron de ser lugares de cumplimiento de condenas para transformarse en verdaderas oficinas de «home office» para la delincuencia. Un indignante video que comenzó a viralizarse en las últimas horas dejó en evidencia, una vez más, el descontrol absoluto que reina en los penales: un preso fue grabado en plena celda mientras realizaba una estafa telefónica con total tranquilidad y un nivel de impunidad que asusta.
En las imágenes, se puede ver al recluso operando su teléfono celular (un elemento supuestamente prohibido en los pabellones) mientras intenta engañar a una víctima al otro lado de la línea. El nivel de improvisación y descaro es total. En un momento de la llamada, el delincuente intenta darle un marco de formalidad a su estafa y se traba leyendo su propio guion, pronunciando mal la clásica frase: «esta llamada está siendo grabada y monitoreada». A pesar de sus insólitos errores y su falta de vocabulario, el preso continúa con la maniobra sin inmutarse, sabiendo que nadie va a entrar a su celda a quitarle el teléfono.
¿Dónde están los controles? El video no solo causa indignación por la burla hacia las víctimas, sino que es una cachetada a los ciudadanos que pagan sus impuestos esperando seguridad. Mientras los funcionarios se llenan la boca hablando de mano dura, inhibidores de señal y requisas estrictas, la realidad intramuros es que los delincuentes tienen internet, celulares liberados y tiempo de sobra para vaciarle la cuenta bancaria a un abuelo o a un trabajador.
La pregunta que la sociedad exige que respondan las autoridades penitenciarias y el Gobierno es básica: ¿Cómo entra un celular a un penal de máxima seguridad? ¿Por qué los inhibidores de señal nunca funcionan donde deberían? Este preso que apenas sabe leer su propio libreto de estafas es la prueba irrefutable de que, en Argentina, el crimen organizado opera con wifi, señal 4G y el aval silencioso de un Estado cómplice y ausente.