
Mientras el gobierno provincial promociona la Plaza Independencia como la joya turística de la Ciudad, a solo unos metros, sobre calle Rivadavia, ocurre una escena que debería avergonzarnos a todos. Antonio (85) y Juana (80) pasan sus noches cuidando autos. No lo hacen por deporte ni para «sentirse activos». Lo hacen porque tienen hambre y porque el sistema de salud los ha abandonado.
Son la cara visible de la crisis de los jubilados. Con una jubilación mínima que es de indigencia, este matrimonio se ve obligado a trabajar de lunes a sábado, hasta las 11 de la noche, soportando el frío o el calor, simplemente para sobrevivir.
La trampa de OSEP y los remedios impagables Lo más indignante del relato de Antonio es el motivo de su sacrificio: los medicamentos. Ambos tienen OSEP, la obra social de los empleados públicos de Mendoza, pero la cobertura es insuficiente. «Me sirve para la comida y para comprar los remedios», confiesa Antonio.
A pesar de tener el descuento del 40%, el gasto de bolsillo que deben afrontar supera los $100.000 mensuales cada uno. Remedios básicos para la presión o la neuralgia se han convertido en artículos de lujo que la obra social no cubre al 100%, empujando a dos ancianos a la informalidad de la calle para no morirse.
Dignidad vs. Abandono Antonio acepta transferencias porque «ya casi no hay efectivo». Se adapta, lucha y mantiene una dignidad inquebrantable. «Nunca exigimos nada, los trato con respeto», dice. La pregunta es: ¿Dónde está el respeto del Estado hacia ellos? ¿Dónde está la contención para dos abuelos de más de 80 años que deberían estar descansando y no cuidando coches de madrugada?
Esta es la cruda realidad que el gobierno no ve, o elige no mirar.