
La tragedia que sacudió a Las Heras en la madrugada de este martes no es un hecho aislado, es el resultado inevitable de un Estado que decidió mirar para otro lado. Un hombre se encuentra detenido tras haber perseguido, atropellado y matado a uno de los dos delincuentes que ingresaron a robar a su casa en el barrio Altos del Oeste. Lo que para la Justicia hoy es una carátula de homicidio, para la sociedad es el grito desesperado de ciudadanos que viven a merced de la delincuencia.
El hecho ocurrió pasadas las 6 de la mañana. Los ladrones entraron a la propiedad y sustrajeron una bicicleta. Alertados por los ruidos, los dueños se despertaron. Mientras la mujer llamaba al 911 —ese número que muchas veces llega cuando ya es tarde—, el hombre tomó las llaves de su camioneta y salió a cazarlos. A cuatro cuadras, en la intersección de Río Diamante y Los Horcones, la persecución terminó de la peor manera: embistió a uno de los delincuentes, quien perdió la vida en el acto.
La puerta giratoria manchada de sangre Si el final de la historia es trágico, el prontuario del ladrón fallecido es directamente indignante. Fue identificado como Cesar Federico González Becerra, de 34 años. No era un novato. Tenía antecedentes por robos agravados, pero el dato que expone la pudrición del sistema judicial es este: en lo que va de este año, había sido detenido al menos 10 veces. Su última aprehensión había sido hace apenas dos semanas, el 17 de febrero.
¿Cómo se explica que un sujeto con 10 ingresos a una comisaría en apenas un par de meses siga caminando libremente por las calles de Mendoza buscando a su próxima víctima? La respuesta la tienen los jueces y fiscales que avalan la «puerta giratoria».
De víctima a victimario Hoy, la familia de Las Heras que se despertó sobresaltada porque le estaban violando la intimidad de su hogar, está destruida. El ladrón está muerto y el vecino, un trabajador que tributa y paga sus impuestos para que el Estado le brinde seguridad, está preso.
La inoperancia de la Justicia y la ausencia de prevención policial lograron lo impensable: que un ciudadano común, ciego por la impotencia y la bronca, tome la peor decisión posible y termine tras las rejas. En Mendoza, cuando la Justicia no funciona, las sentencias se escriben en la calle y todos terminan perdiendo.