
La inseguridad ya no distingue uniformes, horarios ni jerarquías. La audacia de los delincuentes ha llegado a un punto de no retorno, donde salir a la calle es jugar a la ruleta rusa. El último episodio de esta escalada de violencia tuvo como protagonista a un efectivo policial que, estando fuera de su horario de servicio, tuvo que resistir a balazos para evitar que tres asaltantes le robaran su motocicleta.
El dramático hecho ocurrió cuando el agente circulaba tranquilamente en su vehículo particular. En cuestión de segundos, la emboscada se concretó: tres delincuentes a bordo de una sola moto lo rodearon, cortándole cualquier vía de escape. La violencia verbal fue el preludio de lo que pudo ser una tragedia. «Dame la moto o te quemo», fue la amenaza directa de uno de los malvivientes, dejando en claro que estaban dispuestos a todo por el rodado.
Acorralado y a los tiros Lejos de intimidarse, y sabiendo que su vida corría peligro, el policía de civil decidió resistir. Tras un breve y tenso forcejeo con los asaltantes, el agente logró desenfundar su arma y abrió fuego contra los atacantes para repeler el asalto.
La ráfaga de disparos rompió la tranquilidad del barrio y tomó por sorpresa a los motochorros, que no esperaban toparse con un efectivo armado. Ante la resistencia a balazos, los tres delincuentes abortaron el robo y se dieron a la fuga a toda velocidad, perdiéndose en las calles y dejando al oficial ileso pero con el arma en la mano.
Tras el violento enfrentamiento, el agente le pidió a un vecino de la zona que alertara al 911 para montar un operativo de búsqueda que, hasta el momento, refleja la misma impunidad de siempre. El caso expone una realidad brutal: si los propios encargados de brindar seguridad tienen que agarrarse a tiros para que no les roben sus pertenencias, el ciudadano común está completamente a la deriva en una provincia donde la calle tiene dueños.